'No tienes ni puta idea de nada'- sentenció con la mirada fija en el monaguillo. Don Ignacio, todavía enrojecido, dominó el silencio con un dedo en alto dispuesto a caer sobre la cabeza de Israel firme como una guillotina.
El sacerdote tenía una calva prominente con 4 ridículos pelos a ambos lados. Israel agachó la cabeza en un intento de reprimir la risa que le daba mirar la ausencia de cabello del anciano. Nunca había estado tan cerca de él e Israel tenía miedo de la alopecia, era su peor pesadilla. De hecho, todas las mañanas acariciaba su repeinada cabellera prometiéndose que no él la perdería por nada del mundo. 'Ni por las rosquillas de la abuela'- juraba para sus adentros.
Provocador y sin levantar la barbilla, el monaguillo replicó: '¿Desde cuando un cura puede decir palabrotas?'
El eclesiástico relajó el brazo y giró bruscamente la cabeza hacia la pila bautismal donde había otro monaguillo: '¡José!'- El muchacho irguió la espalda- 'Este joven es un irrespetuoso. Haz que limpie los bancos una vez más. ¡Ah! y no permitas que pase el cepillo hasta nueva orden.'
-'Sí, señor'- asintió José complaciente y tembloroso. Agarró al muchacho de su enclenque bracito hasta llevarlo tras un pilar de la capilla que necesitaba una mano de pintura (o dos). Cuando el sacerdote quedó fuera de vista José miró a los ojos a Israel y susurró engreído: 'En menudo lío te acabas de meter'.
Israel encogió los hombros y desvió la mirada hacia el niño que la Virgen tenía en sus brazos en el altar. 'Cuántas horas teniendo que ver esa calva tan fea. Ahora entiendo la cara de sufrimiento de los dos'. Pensó.
'Eh, tú! ¿Me estás escuchando?- le giró la cara agarrándolo de las mejillas. Los ojos se miraban.-' Ahora tienes que obedecer mis órdenes' - esta vez José habló en voz alta y puso el dedo índice sobre su cara, casi tocando su nariz. Acusador.
Israel miraba con el ceño fruncido a José, de quien podía identificar los primeros pelos de su barba. Se enfocó ahora en la uña roñosa, abrió la boca y le mordió el dedo con fuerza hasta hacer gritar al pretencioso joven.
'Y espérate a que me salgan todos los dientes'- gritó Israel mientras huía glorioso hacia la iluminada salida.
Se detuvo en la puerta de la iglesia (que ahora parecía pequeña) dejó que el sol le diera en su cara y pensó: 'No entiendo quién viaja 3 horas a pie hasta aquí solo para escuchar a Don Ignacio en su sermón. Todo porque es el único que sabe leer aquí cerca... o eso dice.'
lunes, 19 de mayo de 2014
jueves, 12 de diciembre de 2013
Silencio, princesas, el micrófono está abierto
Recuerdo el día que me enamoré de mi profesión. El día que Francisco Camps me hizo llorar.
En un frívolo recinto repleto de palmaretas donde olía en exceso a prepotencia periodística y a billetes negros. El acto era lo de menos, el objetivo era sacarle un comentario a uno de los personajes del panorama político en España más jugosos de ese verano de 2010. Entre decenas de simpatizantes, guardaespaldas, coches oficiales y camarógrafos amargados de aguantar el sol de agosto, sentí que éramos solo: el micrófono amarillo, mis inseguridades y yo.
'En este pueblo no me conoce nadie' era mi premisa. Con esas, sumada a mi ingenuidad, en cuanto se bajó del atril, me aventuré a perseguir y gritar al protagonista de aquél circo: '¡Presidente, una pregunta!'. Su traje, hecho a medida, apestaba a dinero sucio y uno de sus socios no tardó en advertirle: 'Cuidado detrás con el micrófono, señor'.
Los periodistas se habían quedado en la sala sacando mentalmente un tedioso titular de un evento sin trascendencia. Al verme sola, me di por aludida y me tomé como una heroicidad sacarle un audio, así fuera un insulto.
Ignoré al grupo de guardaespaldas que me apartaban con los brazos y bloqueé la puerta trasera del coche oficial del presidente. '¡¡¡Solo es una pregunta!!!' La jefa de prensa me cogió de los hombros y me empujó. 'El presidente está muy ocupado y no puede atender a los medios'. Se oyó un portazo y el coche huyó.
'¿Ocupado?'- levanté el micrófono y la voz- '¡Llevamos en un acto inaugural una hora y media! ¡Ni siquiera he podido plantearle la pregunta!'- grité desmesuradamente dejando ver mi ortodoncia postadolescente y soltó por lo bajini un lo siento que no sentía.
Disgustada, me fui hacia el coche y miré mi mano, la tensión me impedía soltar el maldito micro. Escupí la rabia en un llanto ridículamente infantil. Moqueaba y daba golpes al volante. Salí de aquél aparcamiento temblando y reconocí la camisa beige de la periodista. Frené, bajé la ventanilla y le grité 'Tú, sí tú, la que me agarró. Ven aquí!'- moqueando, insistí- '¿No te da vergüenza lo que acabas de hacer? ¿A eso te dedicas? ¿A que los medios no podamos preguntar? ¿ Y tú dices que eres periodista? Qué pena, de verdad. Espero no convertirme nunca en lo que tú eres'.
Seguí llorando todo el camino y avergonzada por mis gritos vacilé en la puerta de la radio con la esperanza de que 5 minutos más fueran suficientes para que se me redujera la hinchazón de los ojos. Entré dando por hecho que nadie sabía de mi novatada cuando mi jefe me miró con los titulares en la mano y reprimiéndose la sonrisa musitó: 'Te felicito por lo que has hecho. Vas a ser periodista.'
Ese día me enamoré de mi profesión y de mi jefe. Pero, más importante, comprendí que para que un micrófono funcione, el silencio es obligatorio. Ese altavoz al que hoy veo que tantas princesas de la radio maltratan, golpean y aturden a diario. Humildemente os pido: dadle un respiro. Es algo que incluso Camps entiende.
lunes, 26 de agosto de 2013
El cuello de un taxista
Es
cierto, las ciudades parecen menos feas gracias a sus dispersos tintes
amarillos. Son sabiduría callejera que no tiene ningún GPS, la misma que alimenta su
desconfianza en el transeúnte. No es moco de pavo el valor de su oficio, pues tienen
tu vida en sus manos y la paranoia de salir malherido, ya sea desvestida o con la tarjeta vacía va in crescendo
cuando se enfrentan a esa jungla de cemento repleta de buses descontrolados,
conductores ebrios y motocicletas impacientes que brotan del asfalto.
Son
los taxistas. Cuántas entrevistas dignas de un Pullitzer se encierran en esas 5
puertas amarillas
Expertos
críticos de radio, conocedores de historias anónimas: despedidas en el
aeropuerto, la cita impuntual, los chistes malos de esos jóvenes con tragos de
más, la pelea de los enamorados... (qué pena no ver la reconciliación,
piensan), cronometran los semáforos en el tedio de su oficina cercada.
Algunos
pocos aspiran a que los llantos de su no deseado churumbel dejen de
retumbarle en la conciencia y pueda pasar de largo los límites de la ciudad.
Y mientras
a unos el Cristo les baila vallenato desde el retrovisor:
-'Esos hijoeputas de los mototaxistas, malparidos ladrones, nos tienen jodidos, mano'.
-'Sí, sí... pero no me dé una vueltica de turista'- murmura el pasajero.
-'Esos hijoeputas de los mototaxistas, malparidos ladrones, nos tienen jodidos, mano'.
-'Sí, sí... pero no me dé una vueltica de turista'- murmura el pasajero.
Otros
obligan a uno a incorporarse y amarrar su reposacabezas para no perder un
detalle de las extravagantes anécdotas -a las que nunca les falta un toque de imaginación
que origina su soledad-.
Y si se calla, insista:
- '¿Y ese bate?¿Han intentando matarle?¿Y no le da miedo trabajar de noche?¿Por qué no recoge a ese señor?
-'Porque mi última cicatriz solo tiene 4 meses', concluye, así desilusione al oyente.
Y si se calla, insista:
- '¿Y ese bate?¿Han intentando matarle?¿Y no le da miedo trabajar de noche?¿Por qué no recoge a ese señor?
-'Porque mi última cicatriz solo tiene 4 meses', concluye, así desilusione al oyente.
martes, 16 de julio de 2013
La chica chicle
'Pop'... El sonido, honestamente, era imperceptible. Pero se podía intuir.
'Pop'... Mascaba y el color se volvía más tenue conforme ese globo, que salía de su boca, engrosaba veloz y ridículamente hasta taparle por completo los labios y la parte inferior de su nariz.
'Pop'.. rompía de nuevo.
'Pop'.... Si el silencio reinara en esta ciudad, habría adivinado un burbujeante sonido al adherirse en esa bomba rosada millones de partículas de humo de los buses que transitaban por la congestionada esquina en la que pasaba horas y comprobar que, antes que perderse en la atmósfera, las bacterias no buscaban más que poder saborear la boca de la dama.
'Pop'... El imaginario del sonido sordo me tenía hipnotizada llegando incluso a olvidarme de lo que ella ofrecía en su esquina.
'Pop'... Advertí que no tenía nada de interesante, no era tan siquiera atractiva y nunca supe si sus ojos eran dignos de envidiar pues tenia la mirada cubierta por esa visera que tenía como flequillo. Solamente estaba ahí, acostumbrando a los transeúntes con su prematura presencia para, con suerte, alguien la extrañaran cuando se ausentara.
'Pop'... De esas chicas había 7 en cada cuadra del centro. '¡Qué vida tan aburrida!' pensé.
'Pop'... El semáforo se puso en verde. 'Más aburrida será la que cuenta la vida de otra aburrida', pienso ahora.
(Parte I)
sábado, 6 de julio de 2013
La república de los reinados
Santander no elige representante para el concurso de reina nacional de la belleza.
¿Y qué?- Me pregunté en cuanto leí la noticia creyendo que era el becario de turno quien estaba estrujándose la cabeza para redactar adecuadamente una de esas notas de relleno con la que entretener al practicante 'para que no moleste, y haga algo'.
'Vaya falta de respeto'. Segundos tardó en salir a la luz la indignación de la mujer santandereana, incorrectamente definida como 'brava' (creyendo que su hablar marcado y su ceño fruncido hacen de ella una mujer respetada).
'Bah, será cosa de tres o cuatro. Esto no tiene trascendencia. Al fin y al cabo ¿ a quién afecta esto?'- Me autoconvencí.
'No es posible, tenemos que conseguir a alguien que represente a la belleza de ese departamento'. Insisten los periodistas. La noticia coge trascendencia nacional. Comienzan campañas mediáticas para buscar a la 'hermosa santandereana'.
'¿Por qué?- pregunté yo indignada y desorientada.
'Porque en Colombia hay reina hasta de la yuca'.- Me explican con paciencia, como si eso fuera una justificación suficiente.
Dejo el tema. Enchufo el televisor para distraerme mientras resoplo y aparecen 6 mujeres de estrambóticos bikinis, mofletes desinflados y posturas incómodas. 'Este fin de semana en la Mesa de los Santos ayúdanos a elegir a la reina de la piña'.
Cabeceo y a riesgo de autoclasificarme como una vehemente feminista me pregunto. ¿En este país de las oportunidades, cuántas Frida Kahlos, Rosas Parks o Marie Curies son eclipasadas por las reinas de la piña, la yuca y el coco?
¿Quién sale realmente beneficiado al darle bombo a unas muchachas que comen papel higiénico para espantar el hambre, gastan la plata que no tienen en tacones rompeespaldas y malgasten con sus sonrisas artificiosas valiosos minutos televisivos en un país con tanta oferta informativa?
En España, cansados de reyes que matan elefantes; en Colombia, ansiosos de reinas que maten libidos.
¿Y qué?- Me pregunté en cuanto leí la noticia creyendo que era el becario de turno quien estaba estrujándose la cabeza para redactar adecuadamente una de esas notas de relleno con la que entretener al practicante 'para que no moleste, y haga algo'.
'Vaya falta de respeto'. Segundos tardó en salir a la luz la indignación de la mujer santandereana, incorrectamente definida como 'brava' (creyendo que su hablar marcado y su ceño fruncido hacen de ella una mujer respetada).
'Bah, será cosa de tres o cuatro. Esto no tiene trascendencia. Al fin y al cabo ¿ a quién afecta esto?'- Me autoconvencí.
'No es posible, tenemos que conseguir a alguien que represente a la belleza de ese departamento'. Insisten los periodistas. La noticia coge trascendencia nacional. Comienzan campañas mediáticas para buscar a la 'hermosa santandereana'.
'¿Por qué?- pregunté yo indignada y desorientada.
'Porque en Colombia hay reina hasta de la yuca'.- Me explican con paciencia, como si eso fuera una justificación suficiente.
Dejo el tema. Enchufo el televisor para distraerme mientras resoplo y aparecen 6 mujeres de estrambóticos bikinis, mofletes desinflados y posturas incómodas. 'Este fin de semana en la Mesa de los Santos ayúdanos a elegir a la reina de la piña'.
Cabeceo y a riesgo de autoclasificarme como una vehemente feminista me pregunto. ¿En este país de las oportunidades, cuántas Frida Kahlos, Rosas Parks o Marie Curies son eclipasadas por las reinas de la piña, la yuca y el coco?
¿Quién sale realmente beneficiado al darle bombo a unas muchachas que comen papel higiénico para espantar el hambre, gastan la plata que no tienen en tacones rompeespaldas y malgasten con sus sonrisas artificiosas valiosos minutos televisivos en un país con tanta oferta informativa?
En España, cansados de reyes que matan elefantes; en Colombia, ansiosos de reinas que maten libidos.
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