Santander no elige representante para el concurso de reina nacional de la belleza.
¿Y qué?- Me pregunté en cuanto leí la noticia creyendo que era el becario de turno quien estaba estrujándose la cabeza para redactar adecuadamente una de esas notas de relleno con la que entretener al practicante 'para que no moleste, y haga algo'.
'Vaya falta de respeto'. Segundos tardó en salir a la luz la indignación de la mujer santandereana, incorrectamente definida como 'brava' (creyendo que su hablar marcado y su ceño fruncido hacen de ella una mujer respetada).
'Bah, será cosa de tres o cuatro. Esto no tiene trascendencia. Al fin y al cabo ¿ a quién afecta esto?'- Me autoconvencí.
'No es posible, tenemos que conseguir a alguien que represente a la belleza de ese departamento'. Insisten los periodistas. La noticia coge trascendencia nacional. Comienzan campañas mediáticas para buscar a la 'hermosa santandereana'.
'¿Por qué?- pregunté yo indignada y desorientada.
'Porque en Colombia hay reina hasta de la yuca'.- Me explican con paciencia, como si eso fuera una justificación suficiente.
Dejo el tema. Enchufo el televisor para distraerme mientras resoplo y aparecen 6 mujeres de estrambóticos bikinis, mofletes desinflados y posturas incómodas. 'Este fin de semana en la Mesa de los Santos ayúdanos a elegir a la reina de la piña'.
Cabeceo y a riesgo de autoclasificarme como una vehemente feminista me pregunto. ¿En este país de las oportunidades, cuántas Frida Kahlos, Rosas Parks o Marie Curies son eclipasadas por las reinas de la piña, la yuca y el coco?
¿Quién sale realmente beneficiado al darle bombo a unas muchachas que comen papel higiénico para espantar el hambre, gastan la plata que no tienen en tacones rompeespaldas y malgasten con sus sonrisas artificiosas valiosos minutos televisivos en un país con tanta oferta informativa?
En España, cansados de reyes que matan elefantes; en Colombia, ansiosos de reinas que maten libidos.
sábado, 6 de julio de 2013
miércoles, 19 de junio de 2013
Que alguien me mate
El otro día pensé en suicidarme. Mi jefe coqueteó varias horas con la idea de que eso sucediera y poder, así, conectarse con los principales medios españoles para reportar de primera mano mis últimas horas de vida. Se ilusionaba al imaginarse a periodistas de la talla de Francino dándole paso en directo desde Bucaramanga o redactando obituarios para EL PAÍS. La fluidez con la que narraba mi prematuro fallecimiento llegó a emocionarme cuando entró en detalle: todo surgiría con un secuestro en el Parque del Tayrona; lo que llevó a esa pálida y novel periodista española a saltar el charco para hacer de ella un futuro laboral óptimo ante el hundimiento de Europa acabó en un desalentador final, como quien cruzan en patera el estrecho de Gibraltar.
Pero, realmente, pensé en matarme. Y pensé en cómo mis amigos seguirían refrescando sus gargantas con cerveza y tequila el próximo sábado hasta quedarse sin dinero para comer el domingo de resaca, en cómo el portero de la entrada tardaría unos 2 días en aprenderse el nombre de la nueva inquilina y en que dejaría de interrumpir con mi paso ensordecedor y acelerado al señor que da de comer a las palomas en el centro de la ciudad todos los días a las 6 de la mañana.
Mis padres lo lamentarían, claro, pero el subconsciente les haría creer eternamente que cualquier día me presentaría en el aeropuerto de Barajas repleta de maletas y, posiblemente, cargada de panela, arequipe y, si no me lo confiscaran, aguardiente que, sin timidez, inauguraría mi abuela con un 'chica, vamos a abrirlo que me ha dao sed'.
El otro día pensé en que, más bien, alguien me matara porque ya llevábamos 13 días sin homicidios en la ciudad. Y eso aburre y no es noticia.
Pero, realmente, pensé en matarme. Y pensé en cómo mis amigos seguirían refrescando sus gargantas con cerveza y tequila el próximo sábado hasta quedarse sin dinero para comer el domingo de resaca, en cómo el portero de la entrada tardaría unos 2 días en aprenderse el nombre de la nueva inquilina y en que dejaría de interrumpir con mi paso ensordecedor y acelerado al señor que da de comer a las palomas en el centro de la ciudad todos los días a las 6 de la mañana.
Mis padres lo lamentarían, claro, pero el subconsciente les haría creer eternamente que cualquier día me presentaría en el aeropuerto de Barajas repleta de maletas y, posiblemente, cargada de panela, arequipe y, si no me lo confiscaran, aguardiente que, sin timidez, inauguraría mi abuela con un 'chica, vamos a abrirlo que me ha dao sed'.
El otro día pensé en que, más bien, alguien me matara porque ya llevábamos 13 días sin homicidios en la ciudad. Y eso aburre y no es noticia.
martes, 21 de mayo de 2013
Crónicas desordenadas
1) Crónica de una pupila dilatada
El irreverente no dejaba de aporrear el teclado, con rabia, con una energía irrespetuosa.
El irreverente no dejaba de aporrear el teclado, con rabia, con una energía irrespetuosa.
Ensordecedor y molesto, terminaba siendo intrigante y, conforme avanzaban los minutos y acompañado de esa mirada fija en la pantalla, nos alimentaba la curiosidad.
Dábamos por sentado que se comunicaba con alguna aficionada de novelas de tres al cuarto que aprendió a gatear sobre los titulares que anunciaban la muerte de Lady Di (mucho esperar de ella, si es que en su casa se molestaron en gastar plata en comprar la prensa).
Los ojos, hipnotizados, revelaban la emoción de imaginarse ya a la nena amontonando los peluches bajo la manta de la cama para que, a la vez que simulaban su tierna figura de ángel adolescente, no vieran cómo, a partir de las 10 y 37 de la noche la falda yacía en suelo desconocido.
2) Crónica de una oración enchispada
'Démonos la mano y cantemos como hermanos. Oremos por nuestros pecados, roguemos a Dios su bendición por todos nosotros y que estemos siempre perdonados. Pero no se olviden de rogar rápido porque el whisky se calienta y las mujeres se enfrían.'
'Démonos la mano y cantemos como hermanos. Oremos por nuestros pecados, roguemos a Dios su bendición por todos nosotros y que estemos siempre perdonados. Pero no se olviden de rogar rápido porque el whisky se calienta y las mujeres se enfrían.'
La carcajada ensordeció a los propios mariachis que esperaban en la entrada y es que los empleados cobraban una extra a fin de mes (con la que, de hecho, alcanzaban para comer) si mostraban simpatía ante los inoportunos comentarios de Don Alguien. Los aplausos, eso sí, no eran válidos porque resultaban demasiado forzados.
3) Crónica de una lesbiana anunciada
3) Crónica de una lesbiana anunciada
'No podía más, le he dicho la verdad a mis padres'.
'¿Y bien?¿Cómo reaccionaron?'
'Dicen que qué empeño el mío de ir contra natura'.
viernes, 26 de abril de 2013
¡EL VIAJE DEL ACORDEÓN!
Entre legañas y bostezos me decía esta mañana 'Macondo ya no me entretiene como antes'.
Qué triste si este hubiera sido el último pensamiento de esta españoleta, la misma que hubiera protagonizado la portada del periódico Q'hubo de mañana. Y es que este 'EL CASO' colombiano gritaría (y digo gritar y no titular porque sus portadas siempre están en mayúsculas y con exclamaciones) '¡EL VIAJE DEL ACORDEÓN!'* con una imagen de mi cuerpo aplastado por la puerta de una buseta.
Y es que al conductor, si un usuario le pide que le 'regale una parada', no importa quien bloquee la entrada al bus -por semejante hacinamiento- : la abrirá así le cueste a alguien la vida (en este caso la mía).
Siento, tras 6 meses en este país, seguir sorprendiéndome por estos troncomóviles pero, sinceramente: son dignos de estudio o, perdonen, seré yo la rara que no entiende que solicitar al piloto que frene cuando, 5 metros atrás, acaba de dejar a otro insolente pasajero es un nivel de comodidad insolidaria preocupante.
O seré yo la única que no soportaría provocar, en plena carrera séptima de Bogotá, la muerte de una veintena de personas (pero no importa, serían estratos bajos y, seguramente, su vida se limitaría a 'ganar platica y procrear como ratas' - permítanme la Vallejada). No, no me iría tranquila a dormir si toda esa gente se matara por que yo hipnotizara al chófer con solo levantar el brazo y lo inhabilitara, así, a ver al resto de vehículos que circulan en la calzada cuando atraviesa los tres carriles hasta llegar a mí. Será que la vida de esa gente equivale a unos 1.500 pesos (65cent).
Tanto que me quejo y no dejo de usar estos pequeños e incómodos kamikazes de luces discotequeras y estampitas del señor Dios.
¿Por qué sigo montándome, entonces? La respuesta es que no se me ocurre, a las 5.30 de la mañana, café o ducha fría más efectivos para despertarte que la tensión de elegir tu último pensamiento antes de desaparecer de este mundo al despeñarte en algún cruce donde, con suerte, de ti solo quedaría algún que otro diente que, acabaría secuestrando alguna curiosa rata de alcantarilla que recorriera nuestros inertes cuerpos que yacerían en la calzada.
Bueno y que el taxi es más caro.
*Largometraje de Andrew Tucker presentado este 2013 en el Festival de Cine de Cartagena.
Qué triste si este hubiera sido el último pensamiento de esta españoleta, la misma que hubiera protagonizado la portada del periódico Q'hubo de mañana. Y es que este 'EL CASO' colombiano gritaría (y digo gritar y no titular porque sus portadas siempre están en mayúsculas y con exclamaciones) '¡EL VIAJE DEL ACORDEÓN!'* con una imagen de mi cuerpo aplastado por la puerta de una buseta.
Y es que al conductor, si un usuario le pide que le 'regale una parada', no importa quien bloquee la entrada al bus -por semejante hacinamiento- : la abrirá así le cueste a alguien la vida (en este caso la mía).
Siento, tras 6 meses en este país, seguir sorprendiéndome por estos troncomóviles pero, sinceramente: son dignos de estudio o, perdonen, seré yo la rara que no entiende que solicitar al piloto que frene cuando, 5 metros atrás, acaba de dejar a otro insolente pasajero es un nivel de comodidad insolidaria preocupante.
O seré yo la única que no soportaría provocar, en plena carrera séptima de Bogotá, la muerte de una veintena de personas (pero no importa, serían estratos bajos y, seguramente, su vida se limitaría a 'ganar platica y procrear como ratas' - permítanme la Vallejada). No, no me iría tranquila a dormir si toda esa gente se matara por que yo hipnotizara al chófer con solo levantar el brazo y lo inhabilitara, así, a ver al resto de vehículos que circulan en la calzada cuando atraviesa los tres carriles hasta llegar a mí. Será que la vida de esa gente equivale a unos 1.500 pesos (65cent).
Tanto que me quejo y no dejo de usar estos pequeños e incómodos kamikazes de luces discotequeras y estampitas del señor Dios.
¿Por qué sigo montándome, entonces? La respuesta es que no se me ocurre, a las 5.30 de la mañana, café o ducha fría más efectivos para despertarte que la tensión de elegir tu último pensamiento antes de desaparecer de este mundo al despeñarte en algún cruce donde, con suerte, de ti solo quedaría algún que otro diente que, acabaría secuestrando alguna curiosa rata de alcantarilla que recorriera nuestros inertes cuerpos que yacerían en la calzada.
Bueno y que el taxi es más caro.
*Largometraje de Andrew Tucker presentado este 2013 en el Festival de Cine de Cartagena.
jueves, 4 de abril de 2013
Salida de emergencia
Basta con decir "esto era lo que me faltaba" para que a Murphy le siga pareciendo insuficiente. Además siendo tan quejica como yo: cuando te parece duro retener los diablos y sencillamente sonreír ante un "Usté, extranjera y con trabajo y mi hija que es natural de Santander está de brazos cruzados". Y es que los choques culturales son una constante y más en una región tan conservadora como Santander donde hay quien no duerme a gusto pensando en la irresponsabilidad de mis padres dejándome (mujer y joven) vivir sola en la otra parte del mundo.
Hay a quienes, incluso, les provoco cierta alergia con mi carácter directo (a mí me gusta definirlo como sincero). Si no, pregúntenle a Pedro, un oyente que, advertido de que fuera conciso, empieza a malgastar segundos de su intervención al aire con un "Señorita, tanto que pide usted brevedad y se demora más en darme paso que yo en explicarme...". El tiempo en radio es oro (o plata, como dicen aquí). Por mala suerte para Pedro, estoy demasiado acostumbrada a tratar con la verborrea de mi abuela y me tocó callarle con un maleducado "Pedro se demoró más que yo, aquí van las noticias nacionales". Las risas de mis compañeros dejaron en un segundo plano la contrarréplica del malgeniado bumangués. Y es que, sumando y siguiendo, al final del día te planteas si será cierto que estás borniada, especialmente si ya van dos los compañeros que en un mismo día te piden que quites esa mala cara. (A los del trabajo: lo siento, de verdad, entre unos y otros me robaron las buenas formas hoy).
Hay a quienes, incluso, les provoco cierta alergia con mi carácter directo (a mí me gusta definirlo como sincero). Si no, pregúntenle a Pedro, un oyente que, advertido de que fuera conciso, empieza a malgastar segundos de su intervención al aire con un "Señorita, tanto que pide usted brevedad y se demora más en darme paso que yo en explicarme...". El tiempo en radio es oro (o plata, como dicen aquí). Por mala suerte para Pedro, estoy demasiado acostumbrada a tratar con la verborrea de mi abuela y me tocó callarle con un maleducado "Pedro se demoró más que yo, aquí van las noticias nacionales". Las risas de mis compañeros dejaron en un segundo plano la contrarréplica del malgeniado bumangués. Y es que, sumando y siguiendo, al final del día te planteas si será cierto que estás borniada, especialmente si ya van dos los compañeros que en un mismo día te piden que quites esa mala cara. (A los del trabajo: lo siento, de verdad, entre unos y otros me robaron las buenas formas hoy).
Y el día continua, esquivando a Murphy por los pasillos, haciéndote creer que lo que tienes son problemas. Quieres marcharte a casa cuando, con el bolso ya en el hombro, aparece una curiosa mujer que intenta, sin éxito, ocultar bajo sus labios perfilados de fucsia y la raya de ojos azul el estado catatónico que le tiene marcada desde ese domingo de noviembre cualquiera en el que descolgó una llamada desde la cárcel "Doña Claudia, mataron a su hijo..." Pi...pi...pi...
Será que me toca dejar el bolso, sacar la grabadora e invitarla a pasar a la redacción...
Su hijo de 18 añitos, con el cariñoso apodo de "El mono" había acabado entre rejas por robar un celular, delito que su mamá endulzaba con un "pero imagínate cómo era mi Juan Andrés que nada más robarlo, lo devolvió".
Los responsables de la cárcel Modelo de Bucaramanga donde se encontraba desde hacia dos meses antes de su muerte (dato: el hacinamiento en ese centro es tal que si no tienes cómo sobornar a los vigilantes, no tienes derecho a cama) aseguraban que el muchacho se había suicidado desde un quinto piso. La versión oficial no convencía a la señora y su objetivo es que no me convenciera a mi tampoco. Para cerciorarse de que yo (la doctora, como me llaman algunos) denunciara su caso, me mostró una a una las puñaladas que habían destrozado el cuerpo del pequeño vándalo. Una treintena de imágenes explícitas que entraban por mis retinas y querían salir en llanto y el vómito- luego recordé que, pasadas 10 horas de trabajo, no había en mi estómago comida que pudiera devolver-. El morbo era ya lo único que me mantenía en esa silla mientras que la grabadora captaba eternos segundos de silencio. (Rotos, en ocasiones, por el leve sonido del papel de foto pasando de mano en mano).
El ingeniero Freddy me cambió hoy de oficina. Cuando entré a primera hora de la mañana, empujé con energía.
-"Hacia afuera" me dijo...
-"Esta puerta está mal" le dije analizándola desconfiada.
-"Al revés, es la única en toda la radio colocada correctamente. Al salir se empuja y eso facilita la huida en caso de emergencia".
Cualquier diría que Freddy sabía qué día me esperaba.
Cualquier diría que Freddy sabía qué día me esperaba.
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